La metamorfosis de Zacarías

Zacarías se miró al espejo y notó que el cuenco del ojo izquierdo le había quedado sin pintar. Pasó su dedo índice sobre el pote de maquillaje color caucásico y se lo untó con furia y resentimiento. Se colocó los lentes de contacto azulados, se elevó tres centímetros gracias a las plataformas, se puso dentro del calzado y salió del baño. Su madre lo esperaba en la cocina con la comida hecha. Zacarías la comió gruñendo ante la mirada triste de ella. Una mirada con un manto de resignación. Se había prometido a sí misma no hablar más del tema. Zacarías terminó el último bocado, le dio un beso en la mejilla y se fue hacia el bar sin emitir una sola palabra.

Llegó con su Harley-Davidson a “Deny’s Bar”, una cantina en el borde de la ruta, justo en el límite de la localidad de Costa Nuriel, donde se reunían los adolescentes antes de ir a bailar a las afueras en una caravana de autos y motos interminable. Decorado como una cabaña de estilo country, con una estructura de madera empotrada en la calle y los rodados estacionados a cuarenta y cinco grados, le daba una atmósfera de película yanqui, y como solía ocurrir en esos films, muchas noches terminaban con peleas y heridos. El alcohol y la testosterona eran un cóctel explosivo.

Zacarías bajó de su moto y vio a Ruth tomando una cerveza ligera con limón. Se quedó observándola como siempre, imaginando una vida con ella. Vivirían en un remolque en la playa. Desayunarían café recién hecho sentados en reposeras mirando el amanecer. Se mirarían a los ojos y sabrían que el amor estaba ahí, inalterable. Le diría con el sol como testigo “Te amo con todo mi cuerpo, Ruth”. Era su sueño más anhelado, y cada vez que ingresaba a bucear en él, nuevos detalles afloraban, esa noche, el cantar de las gaviotas a lo lejos se sumó y lo reconfortó.

—¡Zacarías! —la hermosa voz de Ruth interrumpió su paraíso, sonrió y se acercó a su mesa. La saludó con un beso su piel tersa y el aroma a vainilla que desprendió su pelo lo hizo estremecer. 

—Hola Ruth —dijo con voz temblorosa. Por más que intentaba relajarse, ella lo ponía nervioso. El solo hecho de que por algún motivo pensara algo malo sobre él, hacía que su inseguridad creciera sin límites. Pidió al mozo una cerveza con ginebra para aflojarse. Ruth comenzó a hablar sin parar como acostumbraba, y él lo agradeció, amaba el movimiento de sus labios cuando pronunciaba las palabras con una perfecta dicción. Zacarías la escuchaba embelesado cuando del otro lado de la calle un gritó derrumbó la noche perfecta.

—¡Zacarías Ponce de León! 

Miró hacia el lugar de donde provenía tan desagradable timbre de voz, y un frío helado le recorrió la columna vertebral hasta la coronilla. Era Esteban Ventura, el maldito ser humano que hizo de su paso por la secundaria un infierno, todos los abusos que había recibido por parte de este, pasaron por delante de sus ojos en un segundo recordándole que lo odiaba con toda su alma. Cuando había terminado el ciclo lectivo había agradecido al cielo no tener que verlo nunca más en su vida, pero ahí estaba, cruzando la calle, molestándolo una vez más con su voz ronca y burlona, arruinando la noche en la que se había propuesto declararle su amor a Ruth. 

Ventura cruzó la calle y pasó su brazo derecho por el cuello de Zacarías ahorcándolo a modo de saludo, igual que lo hacía en el colegio.

—¡¿Qué haces pelotudo?! —dijo Zacarías entre dientes y sacándose el brazo de su garganta con violencia. Ventura rió sonoramente y vio a Ruth. Se presentó con nombre y apellido, le agarró la mano y con una galantería exagerada se la besó. Zacarías vio como Ruth se ruborizó y soltó una sonrisa tímida. Esa hermosa mueca que hacía cuando quería coquetear con alguien. Sintió como una daga le ingresaba al corazón y se retorcía dentro. Ventura se sentó en la mesa sin permiso y lo miró sorprendido.

—¡¿Estás más blanco?! ¡¿Cómo puede ser?!—exclamó riendo.

 Zacarías sintió como las costillas oprimieron sus pulmones, una sensación que no experimentaba desde hacía años, “Esto no está pasando”, pensó, esos dos mundos no podían encontrarse, ya había dejado atrás todo el sufrimiento de la pubertad, lo había superado, él se había transformado completamente para nunca más volver a sentir los puñales de la humillación. Transmutó totalmente su figura que tanto dolor le causó por el desprecio de sus pares. Se había operado la nariz, había encontrado el maquillaje perfecto, se había elevado tres centímetros del suelo, se había cambiado el color de ojos, todo para poder ser aceptado en ese asqueroso mundo superficial, aceptado por la sociedad y lo más importante, aceptado por Ruth. “Lo hice por vos Ruth”. Al mes de mudarse al pueblo, había comenzado a ir al bar donde la vio por primera vez. Solía quedarse en la barra mirándola hablar con sus amigas. Anotaba en una libreta negra todo lo que le parecía pertinente para conquistarla, emulando el método científico que había aprendido en la escuela. Una noche la había escuchado hablar sobre los gustos de los hombres: altos, caucásicos y de ojos azules. Había anotado esos rasgos como quien descubre oro, y cuando en ese mismo instante levantó su mirada, el espejo de la taberna le devolvió una imagen de un triste niño trigueño, herido. Fue ese mismo día que comenzó su proceso de transformación. Tardó un poco más de un año para poder cambiar radicalmente su aspecto. Su madre se lo quiso impedir, lo quiso mandar a un psicólogo, pero él se negó, sabía que necesitaba cambiar completamente para poder vivir una vida plena. Y así fue, en esos últimos años, con su nueva apariencia, las cosas le empezaron a ir bien, consiguió un trabajo en la cadena de herrerías “Macy ‘s” como coordinador de entregas a domicilio. Había podido entablar amistad con los habitués del bar y lo más importante, se había hecho amigo de Ruth. Pero ahí estaba, sentado con sus malditos ojos verdeazulados y su tez blanca grasosa, Esteban Ventura, para tirar todo el esfuerzo a la basura. 

—¿Como más blanco? —preguntó inocente Ruth.

—Zacarías es negro, bueno, no negro, negro, o sea, no negro africano, si no morochito, como un marrón sucio —escupió Ventura con una carcajada socarrona.

Ruth miró a Zacarías confundida. Este no levantó la mirada de la mesa. La rabia se acumuló en sus puños cerrados. La vista se le nubló. El ruido ambiente desapareció. Solo quedó dando vueltas en sus tímpanos la estruendosa risa de Ventura. Un fuego que nació con resentimiento desde la boca del estómago le dio coraje, se paró con furia y le propinó un puñetazo en la mejilla que dejó a Ventura tirado en el suelo con silla incluida. Sin mirar a Ruth, se dio media vuelta para irse y se tropezó con el mozo que traía una jarra de cerveza helada, la cual cayó sobre su rostro. El maquillaje comenzó a derretirse en su cara mostrando a aquel Zacarías lastimado, a aquel “sucio” ser que con tanto esmero había ocultado. Ventura desde el suelo lo vio y la risotada arrancó de nuevo con más saña contagiando a todos en el bar. Los ojos de Zacarías se le llenaron de lágrimas mezclada con cerveza difuminando toda su visual, solo veía espasmos de dientes blancos junto al sonido de risas interminables que sentía en su cuerpo, lastimándolo como si mil agujas lo pincharan al mismo tiempo. Miró entre la niebla salada a Ruth y el mundo se le vino abajo. Ella también reía. “Vos no Ruth, yo cambié, cambié por vos”. Dio un alarido de furia al cielo, salió del bar tirando todo lo que se le interpusiera a su paso, agarró su moto y se fue arando a cien kilómetros por hora. Los mundos habían chocado. Su pesadilla más temible se había hecho realidad. Agarró la ruta y no frenó hasta la playa más lejana. Se sentó frente al mar y lloró toda la noche hasta el amanecer.

“¿De que sirvió tanto sufrimiento?”

 “¿Como puedo seguir viviendo así?”

“¿Quién soy en realidad?”

“¿Qué voy a hacer?”

Cuarenta y ocho velas encendidas cada jueves durante un año pidiendo a dios por el paradero de su hijo, iban apagando de a poco las esperanzas de la madre de Zacarías. Esa noche prendió la número cuarenta y nueve, y en la oración prometió lo mismo de siempre, que aceptaría las decisiones de su hijo de cambiar, no lo juzgaría más, lo amaría con todos sus defectos. Se hizo la señal de la cruz para cerrar el pedido al cielo y sonó el teléfono. Era él, hablaron por más de dos horas, entre lágrimas y risas se reencontraron, y la madre cumplió su voto, lo aceptó tal y como era.

—Te amo mamá —le dijo después de hacerle un pedido de lo más inusual el cual la madre aceptó sin un ápice de duda.

Al otro día Zacarías despertó en su nuevo remolque, salió y la luz del sol le pegó desde el este. Respiró el aire salado con una bocanada exagerada y entró nuevamente a hacerse un desayuno. Mientras esperaba que se caliente el café en el anafe, miró una foto de Ruth en el bar que tenía pegada en una de las paredes de chapa. Con un trazo de lapicera furioso que rasgaba la cartulina, había borrado su sonrisa, esa hermosa sonrisa que tanto amaba quedó tachada con un dejo de resentimiento. La acarició con su dedo pulgar y una lágrima le cayó en su tez morena. La seguía amando. “Siempre te amaré”. Salió y se tomó el café mirando las olas. Se quedó meditando hacia el horizonte hasta el mediodía, pensando en lo mal que había salido todo. Lo mal que había manejado el asunto de su transmutación. Se apenó de no haber estado a la altura de las circunstancias. La transformación que había hecho tenía el tinte típico de un niño herido. Un niño que no sabía lo que hacía. Un niño lastimado. “Tengo que hacerlo mejor”, pensó. Un mensaje de texto lo sacó de sus cavilaciones.

—Todo listo hijo —. Sonrió, se levantó de la reposera y pasó toda la tarde en los mercados de la zona comprando herramientas.

Eran las doce de la noche y una camioneta Ford-100 blanca comenzó a bajar la explanada de la playa en donde se encontraba el remolque. Zacarías salió y le hizo luces con una linterna indicándole el camino. Cuando frenó, bajó la madre quien corrió a sus brazos.

—¿Dónde están? —preguntó ansioso Zacarías.

Se acercaron a la caja de carga de la camioneta, la madre sacó la lona verde de un tirón y Zacarías la abrazó en señal de agradecimiento. Tirados como animales recién cazados, estaban Ruth junto a Ventura atados y amordazados. Los entraron al remolque. Zacarías había hecho unos cambios en el interior para aligerar el trabajo que estaban por hacer. Había sacado parte del mobiliario dejando solo tres sillas en el medio. Ataron a los secuestrados a dos de ellas, y Zacarías se sentó en la tercera. La madre les puso un delantal de peluquero a cada uno, y ella se colocó el de cocinera.

—Comencemos —dijo Zacarías y el ruido de un torno mezclado con los gritos ahogados se apoderó del remolque.

En la comisaría de Costa Nuriel ingresó un individuo a hacer una denuncia: “Estaba caminando por la playa de los riscos y escuché unos alaridos que provenían de un remolque, me acerqué y vi que salía una luz muy fuerte de las hendiduras del mismo. Seguí arrimándome y de repente vi salir a un hombre gritando de dolor, se arrastró hasta el mar y se quedó ahí tendido, me asusté y vine para acá”. Navarro, el comisario, ordenó a dos agentes que lo acompañaran a investigar.

 Eran las cinco de la mañana, faltaban cinco minutos para que los primeros rayos de sol emergieran, los policías llegaron a la cima de la explanada y vieron el remolque con luces en su interior como había descrito el denunciante. Comenzaron a bajar sigilosamente con las armas listas para disparar. El primer rayo de luz salió tímido por el horizonte revelando un cuerpo en la orilla, Navarro indicó a uno de los agentes que fuera hacia allí. Él y el otro policía seguían descendiendo. La claridad del nuevo día iba descubriendo una escena cada vez más tétrica. Una cómoda, varios cajones, una cama, sábanas y mucha ropa estaban esparcidos en toda la playa. Una moto y una camioneta blanca con las puertas abiertas le daba el indicio a Navarro de desesperación. En la entrada del remolque pudo distinguir dos reposeras con dos personas sentadas en dirección al amanecer. En la orilla, el policía llegó al cuerpo que yacía boca abajo, se acercó lentamente, lo dio vuelta con el pie derecho y lo que vio le dio unas dolorosas arcadas que terminaron en vómito. El hombre que estaba tirado en la arena, no tenía cara ni ojos. Le habían sacado los globos oculares y cortado la piel dejando a la vista una asquerosa viscosidad de sangre y músculos. El grito de asco alertó a los otros dos policías, que seguían aproximándose al remolque. A Navarro le llamó la atención que los cuerpos en las reposeras estaban temblando, pero no hacía frío. El policía que lo acompañaba pisó algo resbaloso, sintió la misma sensación como cuando se pisa una medusa o agua viva, miró para saber que era y el objeto amorfo, parecido a un pedazo de goma, estaba cubierto de arena mojada, la levantó con su mano libre, lo sacudió un poco y el estómago le revolvió el estofado que había comido la noche anterior. Era piel humana, más precisamente una cara arrancada de su cráneo, era la de Zacarías. Se quedó tieso dando arcadas en el lugar. Navarro siguió avanzando, y lo que vio al llegar al remolque hizo que sus piernas flaquearan de estupor. En todos sus años al mando de la comisaría de Costa Nuriel había visto y vivido cosas de lo más extravagantes, pero ninguna se asemejaba a la aberración de lo que estaba delante de sus ojos en ese instante. En una reposera estaba el cuerpo de Ruth atado con una taza de café en su mano, tenía los párpados cosidos arriba y abajo impidiéndole pestañear, no tenía labio inferior ni superior, le habían sido cortados junto a sus mejillas, mostrando sus dientes con toda su estructura ósea que se traducía en una sonrisa diabólica. No podía hablar ya que tenía la quijada pegada con cemento. Intentó abrir los ojos enrojecidos más de lo que estaban, y dio un gemido de auxilio llorando sangre.  Al lado de ella, estaba el cuerpo de Zacarías con la cara de Ventura cosida con hilo de algodón y los ojos verdes azulados mal engrapados en sus cuencos. Los dos cuerpos temblaban de estrés postraumático. 

El graznido de una gaviota sonó a lo lejos. El calor del sol naciente calentaba la arena. Las olas rompían como un mantra infinito. La brisa cálida sonaba en los bordes del remolque. Zacarías tomó un sorbo de su café recién hecho con una sonrisa y esbozó con una voz trémula.

—Te amo con todo mi cuerpo, Ruth.

En ese instante dejó de temblar en una sensación de paz inconmensurable.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.