Calíope

Luis María Ocampo sostenía su mirada en el procesador de texto en blanco de su laptop. Ninguna musa quería presentarse a susurrarle siquiera una imagen por donde comenzar. Buscó en su memoria algún recuerdo para esculpir, pero decantaban tristes haciendo mella en su nostalgia. El dolor se apoderó de él. Sacudió su cuerpo desligándose de esos sentimientos que oprimían su pecho y siguió escarbando. Nada. Sus ojos le comenzaron a lagrimear por el brillo de la pantalla que nunca aprendió a manejar. Prefirió pensar que era por eso más que por los residuos de su inconsciente. Perdió la cuenta de los segundos que estuvo sin parpadear. Tal vez hayan sido minutos, tal vez horas, pensó. La ansiedad abrazó los músculos de su cara. Hizo fuerzas tensándola aún más y sintió como su cerebro se contrajo en un pedido de auxilio, como si exprimiese la materia gris para excretar una jugosa idea. Se mareó perdiendo la estabilidad. Su vista se nubló. Comenzó a ver el aura de las cosas. Todos los objetos tienen alma le había enseñado su abuela. Lo adiestró para verlas, pero nunca pudo hasta ese día. Espió con el rabillo del ojo el borde de su laptop y vislumbró un humo blanco titilando. Lo miró fijo por un largo rato. Volvió al abismo de la hoja en blanco. Una lagrima le cayó de sus ardidos ojos. La vista periférica se volvió fantasmagórica. Se deformó. Se onduló como el agua en un lago. No quería mirar. Volvió al abismo. Necesitaba una idea para escribir. Rezó una oración llamando a las musas. Sintió las manos tiesas. Hacía más de una hora las tenía en la misma posición: dedo anular de la mano derecha en la letra L, y el mayor de la izquierda en la letra A. Sintió una presencia. Respiró profundo. Le dio la bienvenida. Se excitó. Por fin escucharía la dulce voz femenina de la divinidad. Silencio. Le hizo saber que esperaba paciente. Aún más silencio. La percibió sentada a su lado. Un perfume de rosas inundó sus pulmones. Se emocionó hasta las lágrimas. Nunca la había sentido tan palpable. Siempre venia abstracta. Una idea suelta extraída del aire. Una voz en su cabeza. A veces un rumor en su oído derecho. Pero ese día sintió su vibración en el cuerpo. Escuchó un hermoso tarareo a boca cerrada. Cerró los ojos y se dejó llevar. Se enamoró perdidamente como nunca había amado en su vida. El sonido de miles de flautas se sumó a la melodía de su boca cerrada. La reconoció al instante. Era Euterpe, la musa de la música. Abrió los ojos y la vio. Tenía una corona de flores en su cabeza y un vestido color crema rodeado de una gran pañoleta azul. En su mano derecha una flauta doble. Deslizó su cabello por detrás de su oreja y la besó. La tomó por su cintura abrazando su esbelto cuerpo. Sacó de su bolsillo un trapo humedecido con cloroformo y la durmió acariciando sus hermosos labios. La alzó entre sus brazos y la llevó al sótano. La ató de pies y manos y la acostó al lado de Terpsícore la musa de la danza y al lado de Urania la musa de astronomía. Subió cansado. Se sentó frente a la hoja en blanco. Puso sus manos en posición. Y rezó otra vez. Rezó por Calíope. La única musa que necesitaba para poder romper con el bloqueo de escritor que lo perseguía desde hacía años. Ese día lo lograría. O mataría a sus hermanas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.