Lo astral

Esteban tuvo una adolescencia llena de excesos y malos hábitos, a los cuarenta años se entregó a la ciencia del espíritu, encontró allí un remanso que calmó su ansiedad y le dio un propósito. Estudió todas las filosofías concernientes al “más allá”. Reencarnación, gnosis, kabbalah, budismo, etc. En su intensa búsqueda de algo superior a él, llegó a tomar ayahuasca y entró en un viaje chamánico donde descubrió el viaje astral. Irse con el alma a otro plano, donde no existiera la fisicalidad, el dolor, la depresión y toda esa emocionalidad que el ser humano no sabía controlar, lo obsesionó.
Comenzó a asistir a un centro espiritual donde se practicaban meditaciones y por un precio módico sesiones de viajes astrales. Estos rituales nunca se hacían solos ya que se podría entrar en pánico y las consecuencias podrían ser devastadoras para la psique humana. Por eso es que se debían hacer siempre con un tutor que controlara el buen viaje.
Comenzó a ir cada fin de semana. Lo viajes eran tan increíbles que todo lo que había leído sobre ellos se quedaba corto. Comenzaba con una meditación para calmar la respiración. Para olvidarse de su cuerpo. Para sentir que era conciencia pura. Una vez logrado ese estado, se desprendía el alma de lo físico atada con un cordón plateado al ombligo, para que el alma supiera a qué cuerpo volver, al igual que decían que pasaba cuando uno dormía y el alma vagaba por el éter. Apenas salía de esta dimensión, le desaparecían todos los sentidos. Se convertía en una energía que vibraba amor, una energía única y omnisciente, él era parte de todo y todo era parte de él. Mientras se elevaba veía su cuerpo tirado en la colchoneta en la habitación con el instructor al lado. Veía todo con otros colores. Rojos, verdes y amarillos saturados como una cámara térmica. Después salía del edificio y se elevaba hacia el cielo. Ahí se encontraba con una gran cúpula blanca que envolvía al mundo. Era un cinturón de luz que al entrar estaba lleno de pensamientos. Todos los pensamientos de la humanidad estaban en ese gran anillo que rodeaba la tierra, una gran estela de intenciones negativas y positivas viajaban a una gran velocidad, al mirar hacia abajo veía como millones de ellos subían y bajaban a la tierra.
Los primeros viajes llegaba solo hasta esa cúpula, fue con la experiencia que pudo traspasarla, y ahí encontrar la verdadera naturaleza de lo astral. Cada persona tenía su propio viaje, su propia experiencia, su propio deseo, por eso no eran los mismos para todos. Algunos se quedaban pululando por la tierra jugando con volar y ver el poder ilimitado de no tener el cuerpo físico, como cuando se tiene un sueño lucido, otros se quedaban flotando en un mar de energía unificadora, y otros como esteban, buscaban otro plano, un plano hecho a su visión del paraíso.
Al traspasar por primera vez esa cúpula de pensamientos lo encontró. Ingresó a un plano en donde había montañas, lagos y praderas, todo de colores pasteles claros, volaba sobre las nubes rosas junto a unicornios que sonreían, bajaba a tomar agua con grandes mariposas azules, descansaba sobre el acolchonado pasto mirando volar miles de palomas blancas. Sentía la plenitud en su máxima expresión, todo era amor puro, se sentía uno con el universo.
Después de un determinado tiempo que no podía cuantificarlo, sentía que alguien decía su nombre y lo tironeaban del cordón plateado. El instructor lo llamaba para que vuelva en sí y terminara su viaje. A Esteban esto lo frustraba. Volver a la realidad lo deprimía. Volvía a su casa y a la rutina esperando ansiosamente el fin de semana siguiente para su próximo viaje.
Un día, en uno de los viajes, le paso algo inesperado, estaba tirado en el pasto y vio en el cielo a otra alma, esto era impensado, cada uno creaba sus planos a partir de sus deseos, de su imaginación en su máximo esplendor, no había escuchado nunca en todos estos años de estudio y experiencia que dos almas se encuentren en un plano. Se elevó hacia el cielo rosado y la fue a buscar, se encontraron en las nubes y se unieron en un amalgama de energía de luz. No se imaginaba que podría sentir más amor que el que ya experimentaba, pero así fue, el amor universal se duplicó. Eran dos almas haciendo el amor en el plano astral, flotaban entrelazando sus cordones de plata, se zambullían en el pasto, en el agua, en las montañas. Unificaban sus energías y creaban arboles nuevos que florecían de la nada y en segundos, creaban cascadas de flores rojas, pantanos de luz violeta. Eran creadores de su plano, eran el amor expandido, eran dioses.
Así estuvo un año entero. Viajando y encontrándose todos los fines de semana con el alma. Averiguo si era posible saber quién era ese ser etéreo aquí en el mundo terrenal, pero la respuesta siempre era la misma, imposible saberlo.
La obsesión de estos viajes se convirtió en adicción. Fue perdiendo el interés en lo terrenal. Solo vivía por y para los viajes astrales. La abstinencia de ellos en los días de semana hizo que fuera perdiendo todo contacto con lo real. Perdió el trabajo y su casa. Fue a vivir abajo de un puente. Comía de la basura. Juntaba cartones. Cuando conseguía un poco de dinero iba al centro y se hacía un viaje. Prefería eso que comer. Pero eran muy esporádicos. Y la realidad que estaba viviendo ya era insoportable.
Un día fue a una plaza. Se tiro en el pasto y se inyecto heroína. Pudo redirigir el viaje de la droga hacia el plano astral. La otra alma estaba esperándolo. Como siempre. Esa vez no había instructor que tirara del cordón. Esa vez era libre.

A Esteban lo encontraron tirado en el pasto empapado en sus orines, desnutrido y en estado catatónico. Ahora descansa en la cama de un instituto mental de Buenos Aires (Argentina), profundamente dormido. Su único reflejo es el movimiento de su mano derecha. Mueve el dedo índice y mayor emulando una tijera cortando algo a la altura de su ombligo.
En Shanghái (China), un hombre de sesenta años presenta la misma condición.

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