Libertad Fugaz

Las zapatillas estaban en el patio con barro seco de la última vez que había visto la calle, corriendo por la lluvia piso el cantero del vecino, se hundió hasta los tobillos. En ocho semanas no uso más que un par de medias y dos calzoncillos, recluido en su sillón con el televisor prendido y un spray con alcohol en la mano, el aseo no era un problema que debía ser resuelto. Se paraba a espiar por la mirilla los movimientos de los vecinos.
¿Qué hacían?
¿A dónde iban?
indignado, volvía y se aferraba a su spray como si esperase un duelo en el western, su aerosol de 150ml con 70% de alcohol y 30% de agua siempre listo, asi lo había aprendido de las noticias. Pasaron los días y el estado de alerta del cuerpo, los músculos tensionados, la mirada suspicaz, se fue desvaneciendo, de a poco, hacia una flácida forma humana reposada en un sillón con restos de comida. Decidió ver las redes sociales, para salir del engolosinamiento de los medios, y se adentro en el mundo de la paranoia,
¿y si todo era mentira?
¿Y si esto es un peldaño más, o el ultimo, para controlarnos definitivamente?
¿y mis libertades?
Envalentonado limpio el barro de sus calzados, se puso aquella ropa que había dejado en la silla de la habitación la última vez, agarro su barbijo y se quedo frente a la puerta, dudando, un escalofrío le recorrió toda su espalda,
¿estaba haciendo bien?
Miro a su alrededor y vio el panorama de su aislamiento social obligatorio, cinco vasos en la mesa, con distintos sobrantes de distintos líquidos, tres platos con restos de comida, papas fritas incrustadas en la comisura de los almohadones.
sin pensarlo metió la llave en la puerta y salió. Ese día había una marcha.
El sol lo obligó a cerrar los ojos, hacia dos meses no lo sentía, su departamento era el H, no tenia ventanas al exterior, solo a un pulmón oscuro de un edificio antiguo, con sus ojos entrecerrados, oteando el barrio como Clint Eastwood en el lejano oeste, miraba azorado el entorno, ese nuevo y enrarecido entorno, la imagen era digna de una película de Hollywood, gente caminando con barbijos, con máscaras, con guantes…con miedo. Freno en si mirando al piso, y otra vez la duda atravesó su mente,
¿estaba haciendo bien?
Un bocinazo de un Renault 12 lo despertó de ese pensamiento, y vio un cartel, un cartel que llevaban en el vehículo, “Basta de cuarentena, queremos libertad” rezaba, “no estoy solo” se dijo, camino con paso firme hacia la plaza.
Gritando, agitando su brazo, contagiado por el alarido de libertad de los manifestantes, le devolvió una euforia que su cuerpo no experimentaba hacía mucho tiempo, el escalofrío esta vez le vino por la lucha, confundido por el clamor de un torrente de gente, su pecho se inflo, estaba cambiando la historia, o por lo menos eso es lo que la histeria colectiva lo hacía sentir, “esto se le voy a contar a mis nietos” pensaba. Se saco el barbijo como un acto de extrema rebeldía al grito de “¡ el virus no existe!”, ya nadie lo podía parar, nadie nunca más lo iba a manipular.
En medio del “torbellino de libertad” recibe un mensaje en su smartphone, la madre de su amigo de la infancia le decía que estaba internado en terapia intensiva. Mientras releía el mensaje y trataba de entender bien lo que pasaba, ¿Cómo internado?
¿Qué había pasado?
¿un accidente?
lo llama su hermano, “internaron a mama, se contagió” …. Su respiración se detuvo, los gritos desaparecieron, los manifestantes se desvanecieron, con los ojos vidriosos fue retrocediendo para poder salir de la marcha, sin ser “visto”,
¡El barbijo!
Se lo coloco de nuevo, y puso su mano encima. Corrió dos cuadras, se cansó, el barbijo lo ahogaba, camino
¿Qué había hecho?
Volvió a correr, antes de entrar a su casa piso el cantero del vecino, barro, hasta los tobillos, dejo las zapatillas en el patio, puso su ropa a lavar, se bañó, tardo más tiempo de lo que solía, se sentó con su aerosol de 150ml con 70% de alcohol y 30% de agua en la mano, prendió el televisor y lloro.

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